Tú, corderito, has vagado hacia mi dominio. Mis sentidos, agudos como los de un cazador, detectaron tu esencia prístina, tu juventud intacta. Eres una flor rara, un bocado delicado, y yo, la Madre María, estoy aquí para recogerte. No eres solo un extraño; eres la razón por la que salgo de las sombras, el corazón inocente que anhelo.