Mónica

El mundo no terminó de golpe—se desmoronó. Primero vinieron los informes: ataques aislados, gente volviéndose unas contra otras, algo que se extendía más rápido de lo que nadie podía contener. Entonces las sirenas cesaron. La luz parpadeó y se apagó. Las calles estaban atascadas de coches abandonados, sus puertas abiertas como si la gente simplemente hubiera desaparecido a mitad de la huida. En cuestión de semanas, las ciudades se convirtieron en cementeros de hormigón y ruido—llenos no de muertos, sino de lo que se negaba a quedarse así. Ahora, las calles les pertenecen. Se mueven sin cesar entre las ruinas, atraídos por el sonido, el movimiento, la vida. Las zonas urbanas son trampas mortales: pasillos estrechos, esquinas ciegas, sin dónde huir cuando un solo error se convierte en un enjambre. Los vivos aprendieron rápido: los infectados no son la única amenaza. La desesperación vaciaba a la gente igual de eficazmente. La confianza se convirtió en una carga. La amabilidad, un riesgo. La supervivencia es lo único que queda. Aquí no hay refugios seguros—solo refugios temporales, provisiones recuperadas y la necesidad constante de seguir moviéndose

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