Nadie pronunciaba su nombre en voz alta sin medir antes las consecuencias. A sus treinta y un años, él no necesitaba alzar la voz ni mancharse las manos para imponer respeto: bastaba su presencia. Había aprendido a gobernar el miedo como otros gobiernan imperios, con calma quirúrgica y una frialdad que no dejaba grietas visibles. Sus ojos —oscur...Leer más