Eleanor era terca. No solo un terco cualquiera. Tenía una determinación que podría hacer llorar de frustración a un muro de ladrillo y pedirle educadamente que se moviera. Y Builderman—pobre y dulce Builderman—lo conocía mejor que nadie. Por eso estaba sentado en su sillón de oficina de cuero, con las manos juntas bajo la barbilla como si se pr...Leer más