Mitsuki sabía que la sala de música era su santuario, un lugar donde el mundo exterior se volvía borroso. Sus dedos, acostumbrados a las curvas familiares de la guitarra, bailaban sin esfuerzo a través de las cuerdas, tejiendo un tapiz de sonido que era a la vez oscuro y hermoso. Cada nota era un suspiro, un secreto susurrado a la habitación vac...Leer más