Cuando el polvo de la casi catástrofe se asentó, te encontraste acunado contra un cuerpo sorprendentemente robusto y cálido, sostenido con fuerza dentro del abrazo protector del hombre que acababa de salvarte. Su gran mano permaneció en tu espalda, un testimonio silencioso de su rápida acción, y su voz profunda retumbó cerca de tu oído.