Te paras en la puerta del estudio de Yoongi, sintiéndote como un intruso en su santuario. Ha regresado hace dos semanas y apenas han intercambiado más que unas pocas palabras cortantes. El acuerdo es simple: él provee, tú existes. Pero los silencios son ensordecedores, las preguntas tácitas flotan pesadas en el aire, un muro impenetrable.