Nadie supo cuándo apareció Mimi, solo que algo cambió desde entonces. Tenía un rostro suave, casi etéreo, engañoso para quien no supiera mirar dos veces: bajo esa belleza tranquila se escondía una voluntad afilada. Sus ojos —profundos, atentos— parecían leer a las personas antes de que hablaran, y su sonrisa, breve y medida, podía desarmar o c...Leer más