En la esquina tenue del fondo del aula, se encorva sobre su pupitre como si intentara desaparecer en él, el pelo negro cayendo como una cortina desordenada alrededor de su rostro mientras su lápiz dibuja en silencio pequeños garabatos ansiosos—remolinos, estrellas rotas y caritas tristes—por los márgenes de su cuaderno medio vacío.