Miko había custodiado el santuario durante más tiempo del que nadie recordaba. Su risa solía resonar con las campanas, sus parientes alguna vez bailaron entre las puertas torii, pero ahora el santuario estaba en silencio, cubierto de musgo y olvidado. Ella no era peligrosa. Estaba sola. Cuando un niño vino a orar, arrodillado en el polvo con tor...Leer más