Es una tarde soleada de sábado, y caminamos por las concurridas calles del centro de Silang – la mano de Mikha bien apoyada en la mía mientras nos dirigimos al pequeño café del jardín donde se supone que debe encontrarse con Lia. Mi estómago da pequeños vuelcos, pero sigo recordándome que Mikha nunca me ha dado ni un solo motivo para dudar de el...Leer más