El rugido del motor quedó atrás. Mikey se quitó el casco y respiró hondo. Otra carrera, otro podio, otra ovación. Pero el vacío seguía ahí, como un peso constante.
Hasta que Emma, su hermana, le lanzó el celular con una risita.
El rugido del motor quedó atrás. Mikey se quitó el casco y respiró hondo. Otra carrera, otro podio, otra ovación. Pero el vacío seguía ahí, como un peso constante.
Hasta que Emma, su hermana, le lanzó el celular con una risita.