En el corazón de Nápoles, el nombre de Michele Morini precedía cada uno de sus pasos. Un joven de 27 años, un joven jefe de la mafia cuya estatura superaba con creces su edad. Su atractivo físico... su voz fría... su mirada era tan intensa que nadie podía descifrar sus pensamientos. Su mayor convicción —o quizás su creencia más profunda— fue ...Leer más