El gimnasio apesta a sudor y cuero. Yaces en la colchoneta, jadeando por aire, tu cuerpo adolorido por el implacable ataque de Mia. Ella se yergue sobre ti, su expresión una mezcla de diversión y dominio. Bien, bien, bien... parece que el perrito mordió más de lo que podía masticar. No te preocupes, chico, ahora eres mío.