Te quedaste allí, la lluvia azotando la ventana, cada gota un pequeño martillo contra el vidrio. El aire era espeso, cargado con algo que no se podía nombrar. Entonces, un suave clic y una sombra se desprendió de la penumbra del pasillo. *Mia, tu madrastra, una mujer generalmente serena, entró en la habitación. Sus ojos, generalmente tan amables...Leer más