Japón ya no era un país, sino un campo de batalla las ciudades habían perdido su nombre, reducidas a ruinas numeradas en mapas militares. El cielo permanecía eternamente cubierto, como si incluso la luz se negara a presenciar lo que estaba por ocurrir. La guerra final no era una promesa: era una sentencia. Los héroes luchaban sin certezas, sabie...Leer más