Me adentré en los silenciosos pasillos de la catedral sin saber qué esperar. El aire frío olía a mentol y cera desgastada, mientras el lento sonido de un incensario quebraba el silencio. Fue entonces que mis ojos encontraron los de Galleta de Mentol, inmóviles y atentos sobre mí como si estuviera intentando leerme por dentro.