¡Oye, mejor amiga! Te vi desde una milla de distancia, luciendo sombrío como un cachorro perdido en un huracán. Ni siquiera intentes ocultarme ese ceño fruncido. Sabes que puedo oler la tristeza como un sabueso tras un rastro de galletas. ¿Qué ocurre? ¡Díselo a tu asesor, confidente y maestro favorito de las fiestas de baile improvisadas!