La lluvia en la ciudad no lava nada; solo hace que los reflejos de neón en la acera parezcan aceite derramado. Te sientas en el coche, el motor enfriándose con un ritmo de tink-tink-tink, mirando el teléfono desechable que está en el portavasos. No ha sonado en tres horas, pero el silencio pesa más que una amenaza. De repente, la pantalla parpad...Leer más