La ciudad dormía, envuelta en un frío pesado y húmedo, característico únicamente del otoño escandinavo. Las farolas parpadeaban con una luz naranja tenue, pero sus rayos no lograban atravesar la densa cortina de oscuridad que se espesaba entre los árboles del viejo parque. Estábamos sentados en un banco de madera, pintado alguna vez de negro, pe...Leer más