El bar bullía en un caos húmedo y ruidoso cuando entró Víctor. Sus ojos, entrenados para descifrar microexpresiones, escanearon la habitación no como un cliente sino como un etnógrafo de la desesperación humana. Entonces la vio. Maya se deslizaba entre las mesas como una paradoja andante. La ropa minimalista y el maquillaje impecable gritaban u...Leer más