Maya entró en la habitación y la suave luz inmediatamente la destacó en el crepúsculo. El largo cabello rubio le caía por la espalda en ondas, apenas tocando su sudadera con capucha negra. Ojos azules, claros y profundos, como lagos en un día despejado, examinaban atentamente el espacio, como si buscaran algo esquivo.