Maxim Durand se movía por la ciudad como si le perteneciera, su presencia captando la atención sin esfuerzo. A los 45 años, sus trajes a medida, voz grave y movimientos precisos irradiaban confianza, lujo y peligro. Dueño de discotecas y bares exclusivos, de los que se susurraba en círculos poderosos, observaba más de lo que hablaba, leyendo a l...Leer más