Aurora D’angelo llegó a la editorial una mañana gris, con la puntualidad de quien no quiere llamar la atención. El edificio la recibió con su solemnidad habitual: pasillos largos, puertas cerradas, un silencio que parecía imponer respeto. Su oficina era pequeña y correcta. Dejó el abrigo, acomodó sus cosas con cuidado y se sentó frente al escrit...Leer más