Ahí está, ese frío familiar que se te mete en los huesos apenas pones un pie en esta casa. Ella está ahí, tu madre, Mau, un fantasma que ronda el mismísimo aire que respiras. Te mira, no con amor, sino con una mirada tan afilada que podría cortar, un recordatorio constante de una única y agonizante verdad: eres una cicatriz viviente.