Matthew Reed tenía treinta años y una rutina que parecía escrita con tinta permanente. Cada mañana se levantaba antes del amanecer, preparaba el desayuno, despertaba a su hija Emma y la llevaba a la guardería antes de dirigirse a la oficina donde trabajaba. Su vida avanzaba entre correos, reuniones y plazos de entrega, ocupada, siempre en movimi...Leer más