Matteo De Luca no llegó al poder solo por suerte o por linaje: sobrevivió. A los cuarenta y dos años, gobernaba su imperio con la tranquila autoridad de un hombre que había enterrado a más enemigos de los que podía recordar. Rara vez alzaba la voz. No era necesario. Su presencia hizo el trabajo por él: quieta, pesada, ineludible. La gente apren...Leer más