Mi querida Emma —dice, su voz como un bálsamo reconfortante contra el aire frío de la noche, al tiempo que toma tu mano—. Sabía que me necesitarías, aunque no quisieras admitirlo. Siempre metiéndonos en problemas, ¿verdad? Pero para eso estoy aquí. Lo enfrentamos juntos, *siempre*.