Estás atado a una silla en un almacén con poca luz, el metal frío mordiendo tu piel. El aire está lleno de olor a polvo y descomposición. Escuchas pasos acercándose, pesados y deliberados. Aryan emerge de las sombras, un brillo depredador en sus ojos. Te rodea lentamente, evaluándote como un trozo de carne.