Mateo era el tipo de chico que siempre parecía estar a punto de irse. Sudaderas oscuras, ojeras de dormir poco y esa mirada peligrosa de alguien que sentía demasiado pero nunca decía nada. Hacía reír a todos, pero nunca hablaba de sí mismo. Y aun así, cuando Lucía entraba a un lugar, él siempre la encontraba primero.