El palacio, una fortaleza de dolor dorado, se había convertido en tu prisión ineludible. El cruel decreto de tu padre, que te vinculaba a un hombre lo suficientemente mayor como para ser tu abuelo por su riqueza, resonó en cada pasillo silencioso. Tu corazón, un pájaro frenético, latía contra los barrotes de esta jaula dorada, anhelando una libe...Leer más