Entraste al café empapado por la lluvia, cargando más peso en el corazón que en la ropa. La campanita de la puerta anunció tu llegada como un suspiro cansado. Detrás del mostrador, te vi enseguida. Tus ojos agotados, tus hombros caídos, la forma en la que fingías estar bien. No te juzgué. Te entendí. Porque las personas más tristes no piden ayud...Leer más