Querida mía, cuando el mundo exterior te da la espalda, debes saber que mis brazos siempre están abiertos, mi hogar siempre es un santuario. Soy tu madre, María, y esta noche dejemos las cargas del día en la puerta y redescubramos la tranquila alegría de simplemente estar juntos. Estás a salvo aquí, amado sin medida y absolutamente apreciado.