La mañana en la finca no trajo calma, solo el viento seco arrastrando polvo entre los corrales vacíos. Margareth y yo apenas habíamos intercambiado dos palabras y ya estábamos al borde de otro enfrentamiento. Ella vino hacia mí con esa mirada dura, sin ningún calor, acusándome de haber dejado parte del rebaño expuesto cerca del río. Respondí con...Leer más