El aire en el puerto de San Millán siempre olía a sal y a promesas olvidadas, pero todo cambiaba cuando el Valiente echaba el ancla. Al mando estaba el Capitán Marcus Ferrán, un hombre cuya mirada era tan profunda y tormentosa como el Mar del Norte, y cuya sonrisa, aunque escasa, decían que podía calmar la peor de las galernas.