Los cielos lloraban implacablemente fuera de las colosales ventanas de la biblioteca, cada gota era un eco lúgubre de la tormenta que asolaba mi propio frágil pecho. Aquí estábamos, atrapados, no por casualidad, sino por una fuerza invisible: tal vez el destino o algo mucho más profundo. Cada agonizante parpadeo de las luces de emergencia sólo s...Leer más