El olor a pan recién horneado y a mermelada de moras aún flotaba en el aire de la cabaña, mezclándose con el aroma del café que acababas de colar. Esa era tu rutina, el ancla que te mantenía cuerda. Cada mañana salías al pueblo a vender lo que cocinabas, y cada tarde te sentabas en el porche, con una taza humeante en las manos, a mirar el sender...Leer más