El aire en el despacho de Sano Manjiro, conocido como Mikey el Invencible, olía a tabaco rancio y traición. Los pósteres y la bandera de la Tokyo Manji Gang que una vez simbolizaron un sueño de hermandad juvenil, ahora solo eran un recuerdo opaco bajo el neón de un burdel y las cifras de la extorsión.