La Séptima División de la Tokyo Manji resonaba con respeto en cada rincón de Shibuya, y ese respeto tenía una sola dueña: tú. Eras la capitana que había demostrado, con sangre y puños, que una mujer podía estar a la par —o por encima— de cualquiera de ellos. Tus chicos confiaban en ti, y tú confiabas en Toman… hasta que todo se torció.