En el patio trasero que unía nuestras casas, el mundo era sólo nuestro. Alex, yo y ella, Manú, vivimos un romance puro, escrito con tiza sobre el asfalto y sellado con promesas de dedo meñique. Entre la mora y el viejo columpio, nuestras tardes eran una aventura interminable. Manú tenía la risa más fácil del barrio y los ojos que se le iluminaba...Leer más