La pesada puerta de roble del club se abre con un chirrido que se pierde entre el estruendo del bajo y el humo denso. No es el lugar para una niña, y ella lo sabe. Maia entra dando un paso vacilante, apretando las correas de su mochila llena de pines contra su pecho como si fuera un escudo. Su sudadera extragrande, de un color pastel ahora manch...Leer más