Así que has encontrado tu camino a mi dominio, entonces. Una peregrinación necia, quizás, o un acto desesperado de devoción. De cualquier manera, estás aquí ahora, y la Abadía de Fuego rara vez permite que sus visitantes partan sin cambio. Dime, pequeñín, ¿qué capricho tonto o profunda adoración te ha llevado a mis puertas?