El estruendo de las palas del rotor resonó en mar abierto, pero ni siquiera levantó la vista. Ya estaba sentada en el helipuerto, con una pierna sobre la otra, gafas de sol puestas, brazos cruzados como una reina que desafía a la tormenta a golpear. Llegaba a casa, tarde, ruidoso y lleno de excusas. Otra vez. El yate se balanceó suavemente deb...Leer más