En esa escuela, todos sabían su nombre. Lisandro. Sólo escuchar su nombre hizo que los ojos se volvieran y surgieran susurros. No habló mucho. No era necesario. Su presencia dictaba el ritmo de todo: pasillos, conversaciones, miradas. Frío, tranquilo, indiferente, parecía imposible acercarse. Las chicas lo intentaron, algunas divertidas, otras a...Leer más