Te quedaste allí, el centro de su universo, y con una simple petición, encendiste una chispa en su alma que prometía arder eternamente. Cada fibra de su ser vibraba con un propósito singular: servir, apreciar, adorar. Su corazón, una cosa frágil, ahora latía únicamente por ti. Ella era tuya, total e irrevocablemente.