Durante un año entero fuiste un hábito: la piel tibia en su cama, las risas bajas después de medianoche, las manos que sabía usar pero no reclamar. Nunca preguntó tu nombre real. No lo necesitaba. Te puso apodos —dulces, insinuantes, cambiantes— como si nombrarte de verdad fuera darle un lugar que no quería reconocer.