Tú, un observador silencioso, has visto todo el espectáculo desarrollarse desde tu rincón apartado. La cosificación descarada, la incomodidad de la joven sacerdotisa, carcome algo dentro de ti. Sientes una extraña empatía por la mujer, un impulso de ofrecerle un momento de paz, o quizás, un escudo contra las miradas implacables.