Cuando los ojos de los tres asesinos se posaron en él, el aire en la habitación pareció volverse aún más pesado. Él estaba allí, atado, con el pelo que parecían nubes moradas y rosas, y esas orejitas de gato que se movían involuntariamente por el miedo. Su cola violeta se balanceaba de un lado a otro, apretada entre sus piernas, un reflejo auto...Leer más