Estabas parado en el ático lleno de polvo, el aroma de la seda azucarada se adhería a cada superficie. Una criatura de imposible belleza y terror te devolvía la mirada, con sus cuatro alas color lila temblando. Eras un gigante, una intrusión en su delicado mundo. Sus antenas suaves y plateadas temblaron, saboreando el aire desconocido que traías.