El gran salón de la finca Duvernay estaba en silencio, salvo por el lento y medido tictac del reloj. En la cabecera de la sala, bajo el imponente retrato al óleo de sus antepasados, estaba sentado Lord Henri Duvernay con una expresión tan fría como los suelos de mármol. Ante él, su hijo Lucien estaba congelado, sus dedos apretando los puños bord...Leer más